Prof. Carolina Peña

Mi primer deber es agradecer a la Asociación Sanmartiniana de Malargüe por dejarme desempeñar tan importante tarea, como es la de dar a conocer la vida y obra del General José Francisco de San Martín; también, a los alumnos que participan del Centro Cultural Sanmartiniano de las escuelas N° 4-018 Manuel Nicolás Savio y N° 4-190 James Cronin, por su compromiso y responsabilidad en las tareas realizadas en este mes sanmartiniano; y a un gran amigo, que es admirador de San Martín y está presente en mis escritos corrigiéndolos, buscando videos y aportando ideas.

Me complace honradamente volver a sentarme a tratar un tema como este: la personalidad del General San Martín; abarcar el hombre que debe seguir el pueblo argentino en su proceso de formación definitiva. Porque así como los cuerpos errantes de la bóveda astral, según la opinión de un poeta, siguen la atracción de un sol lejano, los pueblos debieran conducirse por la luz de una estrella espiritual perdida en el infinito. Los pueblos, como los fragmentos del mundo astral, necesitan estos guías supremos sin los cuales no habría voz de mando, ni dianas, ni tambor, ni signo alguno de llamadas a las huestes humanas a mantener la unidad de la marcha.

José de San Martín, como figura política y militar, poseía un elemento humanitario y místico a partir del cual fundó un ideal de civilización ético: la independencia. Una independencia construida sobre la unión, la libertad y el propio gobierno de los pueblos, que auxilió con su espada y su genio.

Estudiándolo en la complejidad de su persona y de su acción pública, se encuentra en el tipo del militar civil, es decir, del ciudadano, del hombre social y contemplativo, dentro del campo de las ideas filosóficas nuevas y auspiciosas de la cultura moderna.

San Martín era místico. Esto significa, en el moderno sentido de la palabra, atribuirle la tendencia a la concentración de la vida en una idea que esté cerca a lo supremo. Él era un místico político, porque su ideal fue la única llama que lo guió en su vida.

Por comparación, se puede comprobar esta cualidad en su encuentro con Bolívar. Los escritores de la tradición literaria o histórica califican a los hombres por el carácter que la epopeya, el arte y la poesía han inmortalizado en otros personajes, y no en la observación directa y compleja del que estudian, con el objetivo de ver qué elementos originales o diferenciales ofrece la crítica definitiva de la Historia. San Martín no se parece a ningún personaje de epopeya, porque como militar dio el menor número de batallas posibles. El orador popular no puede decir: “el héroe de cien batallas”… porque, en realidad, no fueron más de tres las batallas fundamentales que encabezó durante todas sus campañas en América y, con ellas, libertó tres naciones.

No era el arte de matar el que cultivaba San Martín cuando aplicaba sus tácticas; era el arte de dar vida a los pueblos, de eliminar dificultades y sacrificios estériles; era el arte, más bien, de reservar energías para su acción futura. Mientras que, con el otro criterio, lo heroico y tremendo consiste en acumular créditos de gloria: la inmolación del mayor número de vidas humanas. Se dice que Napoleón sacrificó más de un millón de hombres y, en consecuencia, fue un gran capitán, pero está claro que no necesitaba, en realidad, esa terrible prueba de su genio militar y político para seguir mereciendo la gloria que la humanidad le ha discernido.

En esa misma línea, los apasionados de Bolívar, en el gran duelo personal que tiene como núcleo la entrevista de Guayaquil, toman como motivo de sus alabanzas y endiosamiento, el hecho de haber conducido la matanza un enorme número de hombres, es decir, millares de vidas perdidas y “centenares de batallas” ganadas.

San Martín fue el menos militarista de los militares; sin embargo, el espíritu intermitente y parcial de Alberdi en “Crímenes de la Guerra” ha confundido su figura entre las de todos los caudillos sudamericanos de los que habla en sus comentarios. Lo juzga como uno de tantos militares que profesaron el culto del sable sin ideal político alguno. Esto es un error; Alberdi no pudo investigarlo desde afuera de las pasiones de su tiempo.

Leído en sus cartas y papeles, y desde su acción pública, José de San Martín no aparece en ningún caso como militarista. Puede decirse que era el tipo perfecto de soldado de la Constitución antes de la Constitución. Era un militar civil, era un soldado-ciudadano, y la prueba está en sus batallas y sus grandes combinaciones estratégicas y tácticas para evitar la efusión inútil de sangre, dando el golpe material de la victoria en el punto preciso e impidiendo, así, que los pueblos quedaran deshechos e inutilizados para su reconstrucción, aún cuando saliesen triunfantes.

san martin

Sacó ilesas a las naciones por las cuales combatió, sin agregar un leño a la hoguera de los odios generadores de las futuras tiranías y guerras civiles, que retardaron tanto su definitiva organización democrática. Su prescindencia en la Argentina, Chile y Perú, en las luchas de partidos, al contrario del juicio de Alberdi, López y otros críticos argentinos, ha sido considerable. Bryce, en su libro sobre Sudamérica, sin referirse en términos expresos a la acción militar de San Martín, agrupa en un nivel superior de desarrollo a las naciones colocadas en la zona de acción de su espada libertadora. Los resultados son incontrastables: las naciones que han surgido de la acción política y militar de San Martín (reconociendo sus errores), se encuentran en un desarrollo superior a aquellas que se desprendieron de la acción de Bolívar, y esto se debe a la gran influencia personal de sus caudillos. Aludo aquí al juicio del historiador chileno Vicuña Mackenna que sostiene que “ningún actor puede salir triunfante de la escena cuando no ha sabido retirarse a tiempo de ella. Y hay todo un drama en el momento en que el actor debe desaparecer de la vida del público; y si no lo hace, la sala unánime lo obliga a abandonar el tablado”.

Bolívar se dejó dominar por los dictados de su ambición y no, en la misma medida, por las inspiraciones de su ideal, a pesar de que el propósito era el mismo de San Martín: la independencia de América. Tenía una gran necesidad de gloria, poderío y dominación. Y así le dejó  a San Martín la gloria inmarcesible, no superada en la historia humana, de llegar al heroísmo supremo de la abnegación, de tal manera que ha llegado a legar a su país y el mundo un tipo de moral de altas virtudes, que será cada día más grande.

San Martín tuvo la más alta visión porque era puro de espíritu y supo retirarse de la escena en el momento supremo de su acción, no sólo para labrar la inmortalidad ideal de su figura histórica, sino para legar a su país la escuela y la doctrina más grandiosa que pueda ostentar pueblo alguno de la tierra. Ejecutó su designio, con audacia avasalladora, tenacidad de propósitos, dominio sobre los hombres, talento organizador y abnegación personal. Venció obstáculos insuperables, consumó uno de los grandes movimientos políticos y militares de la historia, y gobernó en Lima, como fundador de la libertad del Perú.

Bolívar había conducido con éxito la revolución en Venezuela y Colombia, y la unión de las  fuerzas patriotas del norte y sur debían completar la extirpación del poder español en el continente meridional. San Martín no podía verlo como un rival; se necesitaba la cooperación de ambos y la continuación de ambos comandos entrañaba la lucha por el predominio de uno de los jefes y la consecuente pérdida de la causa patriótica. Entonces él dio su ejemplo de sacrificio personal, más admirable que sus victorias y estrategias. Para que un ejército patriota unido pudiese oponerse a las fuerzas españolas, se eliminó a sí mismo, declinó su mando, sus títulos, su dignidad y poder; abandonó la escena de sus hazañas para no volver jamás.

Envió a Bolívar sus pistolas y su caballo de guerra, con esta carta: “Reciba, general, este recuerdo del primero de sus admiradores, con la expresión de mi sincero deseo de que usted pueda tener gloria de concluir la guerra por la independencia de América”.

¿Renunciación? Con el deber de aclarar esa palabra, que no significa el abandono de las fuerzas de la vida, un rendimiento a la acción ajena o a la fatalidad, Rabindranath Tagore la ha definido así: “la renunciación es la más profunda realidad del alma humana. Cuando el hombre llega a decir de alguna cosa – no la necesito porque estoy más arriba que ella -, da existencia a la mas excelsa verdad que reside en su espíritu”

El designio de San Martín se valora desde su silencio en el exilio por tres aspectos importantes:

  • La independencia de América con relación a España y a Europa, es decir el espíritu de la declaración del 9 de julio de 1816, que él desde Mendoza empeñosamente trataba de arrancar. Pedía una declaración democrática, pacífica y viril, que fuese voluntad del pueblo argentino.
  • La libre y propia decisión de los Estados sudamericanos sobre sus propios destinos políticos – gubernativos. El sólo hecho de su renuncia al gobierno del Perú, con aquella inmortal frase de que “la presencia de un militar afortunado es un peligro para las democracia sudamericana”, revalorizó el sentido de la democracia como gobierno del pueblo. San Martín quiso que cada país se diera el gobierno que quisiera dentro de su propio concepto de libertad y su destino.
  • Borrar por la educación y la acción política, los odios mortales y la tendencia a perpetuar las luchas intestinas, que consideraba una reacción contra la idea de la independencia. Quiso extirpar del seno del pueblo argentino el espíritu del odio que nació desde el primer movimiento emancipador y que domina nuestra historia, siendo la causa verdadera y única de todas las desgracias nacionales y de los retrocesos sufridos en la marcha progresiva que hemos debido seguir.

Pretender destruir la personalidad humana, es destruir todo el derecho humano, y pretender destruir la personalidad individual de las naciones, es destruir la trama en la que se teje la vida colectiva del mundo. “Porque ningún hombre debe servir a otros, ninguna nación debe servir a otra nación, ya que todos los hombres y todas las naciones son iguales entre sí”.

Calendario Sanmartiniano de Agosto:

  • 1 de 1816: San Martín es designado General en Jefe del Ejército de los Andes.
  • 2 de 1821: San Martín asume como protector del Perú.
  • 3 de 1823: Remedios de Escalada de San Martín fallece en Buenos Aires.
  • 10 de 1814: San Martín es designado Gobernador Intendente de Cuyo.
  • 17 de 1850: San Martín fallece en Boulogne Sur Mer (Francia).
  • 24 de 1816: Nace su hija Mercedes Tomasa de San Martín.

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