Por Prof.  María Carolina Peña

Honrar la memoria de Manuel Belgrano hoy, es imaginar esta frase dirigida a cada uno de los argentinos, y porque no, a cada uno de los malarguinos que habitan este territorio, sentir la necesidad de cómo salvar la patria ante todas las adversidades por las cuales atraviesa. Pensar los ideales que impulsaron a este argentino a emprender su enorme obra por la patria y comenzar la más sublime creación, la de ser constructor de una nación y de una identidad.

Hoy celebramos el 20 de junio, fecha patria arraigada en nuestra sociedad y que se mezcla entre la solemnidad de su muerte y la celebración de un símbolo patrio. Sin embargo  citar fechas y lugares que pueden encontrarse fácilmente en un libro de historia no parece la forma más adecuada de honrar la memoria de un hombre de la talla de Don Manuel Belgrano, de quien nos legó el símbolo de nuestra nación, nuestra amada bandera.

Si nos trasladamos en el tiempo, con sus cambios y continuidades de la historia y Manuel Belgrano nos hablara hoy, primero nos enseñaría a no replegarnos ante cualquier enfrentamiento de la vida cotidiana y mezquina. Él podría estar encerrado en el conformismo de la época. Limitarse a vivir de acuerdo con la estructura imperante. De hacer esto, su existencia no sería desdichada, pues su posición social era privilegiada. Sin embargo, fue el que debía ser. Un hombre original. Un innovador. Un benefactor de la sociedad. Era un ilustrado intelectual del siglo XVIII,  imbuido de las más bellas ideas de perfección, ubicado en un plano científico de avanzada. Un auténtico pionero en todos los campos que nos enseñaría con sus claros ejemplos en la práctica a ser  hombres de leyes, precursores de la educación, del comercio, de la ciencia, se hacernos sentir obligados a asumir un rol más, en beneficio de la patria. Él nos muestra cómo se vio obligado a tomar la espada como militar, como general de las guerras de la independencia. Vencedor del enemigo imperial en Tucumán y Salta, por lo que fue llamado Libertador del Norte, fue generoso y humilde en la victoria. Y fue valiente y esforzado soldado en la nefastas jornadas de Vilcapugio y Ayohuma, que no ahondarían su espíritu de lucha… su constancia tras un ideal… que lo llevaría luego como General del Alto Perú, a un frente vital para la campaña patria.

Hablar de Manuel Belgrano es  hablar de esfuerzo, de generosidad y amor por la educación,  de modestia, de honestidad, de sincera defensa de la libertad: de la libertad civil, de la libertad política y de la libertad de expresión y de los derechos del hombre.

Hoy nuestro país se debate en crisis política, económica y social, en gran medida comparable con aquella que existió en los albores de nuestra nacionalidad. Hay muchas incertidumbres, nada parece claro. Negros nubarrones por delante parecen invitar al desaliento o a la huida. Pero él nos invita a seguir el camino trazado para la lucha: “Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces”  Es una invitación a asumir nuestras propias responsabilidades. Es una llamada a hacer del mejor modo posible, lo que tenemos entre manos. No importa que nuestras tareas sean aparentemente pequeñas: son las que nos tocan, las que nos corresponden, y a través de ellas nos preparamos mejor para las más grandes que puedan sobrevenirnos.

Esta frase se refiere a esforzarse por terminar las tareas hasta los últimos detalles, a ser constantes y tenaces, no contentándonos con los resultados del corto plazo ni con los beneficios exclusivamente personales; y al trabajo en equipo, instaurando una auténtica cultura del esfuerzo, de la cooperación de unos con otros. Todo esto cuesta, exige más esfuerzo, cansa, pero así nuestro trabajo produce un fruto duradero y para muchos.

Manuel Belgrano nos invita a repensar uno de los problemas de nuestra sociedad, de la sociedad argentina, que es haber perdido el carácter. A muchos les parece fuera de lugar, o extemporáneo, el hablar de las virtudes personales, de las virtudes nacionales, de esas cosas que alguna vez hubo; y que hicieron que fuéramos lo que alguna vez fuimos: una nación grande y fuerte.

Hoy parece que nadie quiere oír hablar de cosas tan necesarias como son la capacidad para el sacrificio, para el trabajo constante, sostenido,  responsable; cosas que aquí y en cualquier lugar del mundo, en nuestra época y en siglos pasados también, fueron el secreto para lograr cualquier mejora personal o comunitaria. Se cree que por un acto de voluntad, o peor aún, por la mera expresión del deseo y por la transferencia a otros de la culpa, se logrará alejar los vicios que todos tenemos adentro, nuestra mediocridad y nuestra falta de compromiso.

Pienso que hoy,  contemplándolo con la objetividad que nos da la distancia en el tiempo y con más de un dolor y con más de una frustración de nuestra patria, de nuestro pueblo de Malargüe, la presencia querida, la memoria del entrañable, del ejemplar Don Manuel Belgrano se agiganta contra el horizonte; y cobra una actualidad palpable, visible, con su brazo fuerte, y desde el fondo de la Historia nos invita una vez más, a abocarnos a la construcción de la patria grande, la soñada por él, por San Martín, por Sarmiento, por Moreno, nos invita a no empequeñecernos por la magnitud de los obstáculos que se oponen, por formidables que éstos parezcan.

Con su ejemplo valiente y solitario nos ayuda a salir de toda confusión de valores. Nos ayuda a ser claros, a entender que los viejos temas del honor, del amor, de la verdad, de la compasión, de la capacidad para el sacrificio, de la búsqueda de ideales nobles,  siguen siendo los pilares de lo más humano (permítanme decirlo así) que tenemos los humanos.

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