Las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias de abril dejaron la idea de que el 70% de los malargüinos apoyaban al Frente para la Victoria y un poco más del 20% al Frente Cambia Mendoza. Pero, si bien las cifras duras podían leerse de esa manera, lo cierto es que estas indicaban también una necesidad de cambio.

En esa instancia, el candidato del oficialismo local, Sebastián Sáenz, logró superar apenas el 13%, mientras que los otros dos candidatos del FpV, Héctor Rasso y José Barro, llegaron al 29% y casi 28% respectivamente, con una propuesta que partía de un diagnóstico común: la gestión municipal estaba muy cuestionada.

Con ciertos matices, los dos contendientes apuntalaron a cambiar muchas cosas en favor de Malargüe: Barro apostó por tomar distancia del intendente actual y candidato a legislador provincial, al que directamente no llevó en su boleta, y confió más en el apoyo popular; en tanto, Rasso, a pesar de estructurar un discurso moderno y renovador y  apoyarse en lo nacional, incluyó a Agulles en las dieciséis listas que conformó con más de sesenta distintos candidatos a concejales, encabezadas algunas por Bermejo y otras por Carmona, que solo logró triunfar en este departamento.

El despliegue de las campañas de los candidatos peronistas previas a las PASO invadió la escena pública y el Frente Cambia Mendoza relegó su exposición. Entre acusaciones cruzadas, más o menos públicas, los candidatos del FpV no dejaron nada por decirse: se reprocharon el uso de los recursos públicos para bien personal, en especial los de Municipio y la ANSES; se sacaron los trapitos al sol de viejas denuncias por malversación de fondos; se pelearon “camporistas” y “no camporistas”, “jaquistas” y “no jaquistas”; se pasaron factura por antiguas y nuevas traiciones.

Finalmente, la lista definitiva del FpV quedó compuesta con un rejunte de todo eso: el candidato a  gobernador, Adolfo Bermejo, que había perdido frente a Carmona y nunca vino después al departamento; Agulles encabezando la lista de legisladores provinciales y seguro de conseguir una banca; Rasso acompañado de un grupo de concejales integrado, casi en su totalidad, por sus rivales internos encabezados por el exintendente Raúl Rodríguez.

Por su lado, el Frente Cambia Mendoza, a pesar de que también dirimió su interna en las PASO, logró rápidamente unir sus fuerzas para encarar las elecciones generales. Menos polémicos y más encerrados en sí mismos, los radicales y otras fuerzas que se sumaron al frente conformaron su lista con los ganadores a nivel provincial, Cornejo-Montero, que varias veces visitaron el departamento; la exconcejala Norma Pagés como legisladora provincial; Vergara y un grupo de concejales, todos jóvenes.

La campaña para las generales tuvo sus condimentos, pero tanto Rasso como Vergara intentaron ir por sus caminos: el primero, cada vez más apoyado en el gobierno nacional y el segundo, pegado a la propuesta de cambio que ya se había instalado en la provincia.

Cada uno tenía sus cosas a favor y en contra. A Rasso se le reprochaba su prolongada ausencia de estas tierras, ser parte de un equipo que gobierna el departamento desde hace 20 años y que no ha podido solucionar muchos de sus grandes problemas (ni siquiera cuando Celso Jaque fue gobernador) y cierta  desconexión con la gente, mientras se valoraba su ímpetu, sus contactos y su formación.

A Vergara le cuestionaban sus años, su visión más tradicional, algunas de las figuras que lo acompañan, pero destacaban su honestidad y humildad para acercarse a todos los sectores de la sociedad.

El “inesperado triunfo” del Frente Cambia Mendoza no es más que una necesidad de cambio que los ciudadanos manifestaron, en su mayoría, y Vergara supo representar con más acierto. Después de unos meses de transición, terminará un tiempo en la política malargüina y comenzará otra etapa democrática. De unos y otros dependerá el destino de Malargüe.

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